Publicado en Perfil el 14/8/08
por Quintín
Hacia la mitad de La próxima estación, un ex ferroviario rompe a llorar desconsoladamente frente a la cámara. Es un momento duro, un poco violento para el espectador y la escena plantea un problema cinematográfico. ¿Es necesario utilizar el dolor del personaje para reforzar el sentido de la película o para hacerla más tocante? El tema tiene un antecedente relativamente famoso. En Shoah, la obra monumental de Claude Lanzmann, el director entrevista a un peluquero que se ocupaba en Auscwhitz de quemar los cadáveres de sus compañeros gaseados. El hombre, asaltado repentinamente por el llanto, se niega a seguir hablando pero Lanzmann lo convence de que su testimonio es imprescindible para la memoria histórica y lo fuerza a continuar.
En el caso del ingeniero Adrián Silva —así se llama el hombre que llora en el film de Pino Solanas— lo que le queda por narrar es irrelevante. Su medular intervención, aun sin las lágrimas, es importante para entender el proceso de destrucción de la red ferroviaria que se inicia con la Revolución Libertadora, continúa hasta los Kirchner y tiene su momento más brutal en las privatizaciones del menemismo con el cierre masivo de ramales e instalaciones. Pero, ¿por qué decidió Solanas dejar la escena del llanto en el montaje final?
La próxima estación ha tenido una recepción excelente, tanto del público como de la crítica. Los periodistas la recomiendan con fervor militante. Reynaldo Sietecase declaró que verla era un deber cívico y en el programa de Grondona (algo así como la antítesis ideológica de Pino) se la consideró “rigurosa y poética”. El gobierno hizo lo suyo para publicitarla cuando el Ministro de Justicia, sin aportar ninguna prueba, involucró a Solanas en las bataholas del día del estreno en el Oeste. La barbaridad de Aníbal Fernández fue tan flagrante que otro funcionario, Horacio González, casi le pidió disculpas al director por ser víctima del “encrespado oleaje de la política nacional” (el estilo González es inimitable). En un país dividido e indiferente, la película parece haberse transformado en una causa colectiva.
Puede haber algo de expiación en este repentino éxito, como si los argentinos descubrieran que el desastre que tuvo su epicentro en el desplazamiento forzado de un millón de personas, que despobló cientos de localidades y permitió el saqueo de vías, locomotoras y estaciones pasó demasiado inadvertido y la devastación se llevó a cabo sin que se le prestara la atención debida. Muchas cosas se mueven en ese arrepentimiento, en esa emoción generalizada que ha provocado la película y que Solanas, más sentimental y enfático que nunca, se dedica a incentivar con los métodos de Michael Moore, el cineasta americano que utiliza su propia presencia en cámara para trabajar como oído de los débiles y provocador de los poderosos.
Pero hay algo extraño en La próxima estación. Por un lado, el relato fuerza una nota optimista con un final en el que se acumulan un poema naif, una obra de teatro y una sucesión de planos cargados de voluntarismo. Pero, por el otro, las imágenes exhiben una desolación absoluta: vías muertas, locomotoras arrumbadas, trabajadores empobrecidos, pasajeros humillados, despachos oficiales sordos y ciegos. El país injusto, corrupto y miserable que muestra la película no parece capaz de reconstruir sus ferrocarriles ni de poder emprender ninguna otra tarea importante. En particular, esa impresión de falta de recursos se extiende también al cine: es como si el correlato estético de esa Argentina apaleada fuese una cinematografía que debe conformarse con lo poco que tiene a su disposición para atraer al público: el subrayado, la explicación esquemática, el montaje abigarrado, la puesta en relieve de las emociones más primarias. En ese contexto, es absolutamente lógico que terminemos viendo cómo Adrián Silva llora en pantalla. En el fondo, llora también por un cine perdido.
Foto: Flavia de la Fuente

Bueno, en el caso particular de Pino, no veo que haya perdido mucho: en cuanto a subrayados, esquematismo y puesta en relieve de emociones primarias, más bien habría que hablar de continuidad.
Por otro lado, hablando de llorar: anoche se suicidó David Foster Wallace, el autor de “La Broma infinita”.
es el autor de ¿Extinción?
no lo puedo creer
No me queda muy claro por qué pusiste una línea específica de la historia de los trenes en la Libertadora. Supongo que referís a una cuestión de cantidad de km. operando, pero la historia refleja episodios muy anteriores que tal vez sean la causa misma de lo que ocurrió después. La creación de la AGFE en 1909 es un hito bastante importante y las nacionalizaciones que allí comienzan y terminan en el gobierno peronista indican un proceso bastante previsible en relación a movimientos pendulares sin una política clara y mantenida en el tiempo.
Acuerdo con el artículo de Q. Sólo le haría la salvedad de que ese “voluntarismo” de la película en alguna medida es sano y necesario. Tenemos una tendencia criminal a pensar lo peor de nosotros como sociedad y al mismo tiempo considerarnos cada uno de nosotros excelentes. Es la cuadratura del círculo. Después de eso se hace casi imposible avanzar.
Esto empalma de alguna forma con el artículo de Garcés en El País del suplemento Babelia de ayer. Quizás sería bueno colgarlo en esta página para discutirlo. Habla sobre la diferencia entre escritores argentinos y españoles, que en última instancia y con la brutalidad de toda generalización es la misma que hay entre argentinos y españoles. Allí expone Garcés: ¿Qué caracteriza a un escritor argentino? Las dudas sobre sí mismo. ¿Qué a un español? La casi ausencia de dudas. Este último rasgo, que puede ser enriquecedor en literatura, es letal para una sociedad. Digamos, para simplificar todavía más el ejemplo. En España una amplia mayoría no tiene dudas sobre el punto “No debemos robar dinero público porque es como robarnos a nosotros mismos”. En Argentina robar dinero público todavía es entendido por muchos como robarle a nadie o a un tercero, que nada tiene que ver con nosotros.
El tema da para largo, pero estaría bueno discutirlo si tienen ganas.
No puedo creer que hayan traducido Oblivion como Extinción, que justo le hagan eso a alguien de tan obsesiva atención al detalle y al correcto uso de las palabras como DFW. No leí todos sus libros, pero con Hideous Men y Consider the Lobster me di cuenta de que estaba frente a un exquisito. Además, un tipo que le escribe una carta de 70 páginas a su ex novia sobre la separación no me puede caer mal (¿estará también llena de notas al pie, aclaraciones y digresiones?).
Lamento su desaparición. Voy a agregar su nombre a la lista «lecturas pendientes».
Las lágrimas no siempre son penas, son rabia, rabia que cruje densa, desde muy dentro interminable y que frena al músculo para no matarles
Las lágrimas son piedad, pero no piedad de los piadosos, sino aquella de los justos los que sin ser dueños de nadie, sienten que los esclavizan
Las lágrimas son el previo paso, que se den a veces es preciso, pero que cuando la vida ya no llore, será el poderoso quien implore
La cuestión de qué se muestra o de cómo se muestra lo que se muestra, en el cine y en los demás medios audiovisuales, en una época que se jacta del mero hecho de mostrar, como si mostrar fuera asimilable a pensar, se ha convertido con el tiempo en la clave para descifrar lo que el artista mostrando quiere ocultar. Como señalaba Serge Daney en el travelling de Kapo, quien muestra más allá de lo necesario revela los límites de su moral y de su ética.
Link al ensayo de Serge Daney, para quien no tenga idea de lo que hablo:
http://www.fueradecampo.cl/documentos/daney2.htm
en cuanto a lo de robar, te recomendaría que te informes un poco más.Las estafas ,afanos y corrupción en España son escandalosas.
en la película de Pino , me sorprendió ver que el productor asociado era Rovito. yo estaba segura que era re kirnscherista. la verdad me quedé helada.
El caso del peluquero de Lanzmann es controvertido. Hay quienes acusan al revirado francés de haber fabricado la escena. Al respecto recomiendo leer ensayo en el brillante libro de Ron Rosenbaum “Explaining Hitler”. Hay versión en español.
Estimado Q:
Soy nieto e hijo de ferroviarios. Mi abuelo era jefe de estación en una remota parada en la provincia de Buenos Aires, cerca de Pehuajó. En época de los ingleses, estaba obligado a trabajar de saco y corbata, a lustrar los rieles, engrasar las palancas para los cambios de vías y las señales. Al trabajo bien hecho, en general. Después vino el peronismo y todo se pervirtió.
En el momento en el que los ferrocarriles fueron privatizados trabajaban en la oficina de Relaciones Públicas ¡más de 200 personas! Vivir fuera del presupuesto nacional es vivir en el error, notaba un conocido escritor peruano. Me parece que ha fracasado en la administración de los ferrocarriles tanto el modelo estatista (que el candido Solanas defiende) como el de capitalismo de rapiña que rige en la actualidad. ¿Será posible inventar una “tercera posición” en esto?
Mis respetos
G.B.
PD: La nota de Garcés en El País del sábado es realmente brillante y me ha dado mucho que pensar. Quien se interese en la literatura nacional no puede soslayarla.
La película me pareció un documento valioso (sobre todo por su denuncia a la complicidad gremial y la exposición de la patética “ignorancia” de funcionarios de diferente pelaje), coincido en lo poco agraciado de esa voltereta poética del final, para mi gusto un poco grasa.
Encontré otros puntos flojos, por ejemplo:
- La entrevista a Claudio Lozano. Salvo que sea un singular experto en el tema, no se justifica darle espacio en cámara al referente por excelencia de su propio movimiento político. Su aporte no es fundamental y, pese a que a mi elección política esté alineada con Proyecto Sur, me pareció de mal gusto.
- Las insufriblemente aleccionadoras frases en blanco sobre fondo negro (no me refiero a los separadores de capítulos). Totalmente gratuitas.
- La persistente omisión a cualquier mención relacionada con el consenso existente en grandes sectores de la sociedad con los procesos privatizadores y desreguladores. Este asunto ya estaba presente en “Memoria del Saqueo”. Solanas insiste con su hipótesis de una “inocente sociedad engañada”, posición realmente discutible, sobre todo a la luz de esa derrota cultural que acertadamente menciona un ingeniero en el comienzo del film. Las políticas de los ‘90 -y de cualquier otra época- son emergentes genuinos del viciado relato (a)histórico y la paupérrima visión política imperantes. Hubo resistencia, claro, pero el menemismo no llegó en un plato volador. Me pregunto cuándo Pino se va a decidir por explorar estas facetas más incómodas y menos lineales de la historia social argentina.
Voy a tratar de verla.
No me parece mal que alguien use emociones primarias para construir su pelicula o lo que sea.
Según Solanas hubo una edad de oro (1945-1955), antecedida y seguida por la devastación. Además de esta simplificación vulgar de la historia -nada nueva en este pseudo director reaccionario- su obra abunda en precarios sentimentalismos, manipulaciones varias, y como siempre ubica a Solanas en el altar de la probidad inmaculada. Si mal no recuerdo, Pablo Rovito, productor ejecutivo mencionado en los créditos de apertura, tiene bastante que explicar sobre los destinos de los fondos públicos destinados al cine. Solanas, el probo, a veces se rodea de gente no tan pura. Lo mismo que la pasaba al General con Lopez Rega et al.
Coincido con el segundo y tercer ítem del comentario de Ricky, pero amo la estación de trenes de mi ciudad y me cagué encima con los testimonios en el film, el cual tiene tres partes diferenciables: la de archivo (donde Pino expone su tic de omitir la responsabilidad de la sociedad al apoyar a ciertos gobiernos y funcionarios), la testimonial (tre-men-da, potenciada por el entorno hogareño en el que se charla y la ayuda en cámara del genial Fernández Mouján), y la de denuncia (fallida en la búsqueda de la indignación del espectador, ya que no se logran momentos con la suficiente intensidad para ello).
Ahora:
No concuerdo para nada. Que a Pino su fórmula lo pueda traicionar no significa un choto que no haya otros ejemplos en el cine documental argentino que esquiven esos pozos: ¿y Los próximos pasados? ¿Balnearios? ¿Cualquier Frenkel? ¿El Árbol? ¿Los Rubios?
El “un choto” no fue de agresivo, eh, para que no se malinterprete.
Bueno, eso.
Los rubios es una película de mierda. Es el mayor triunfo cultural de la dictadura: muestra la conversión total de la hija de un intelectual revolucionario en una pseudo artista snob cuyo concepción social y política se opone frontalmente a la de su padre. Y encima, para su contrarrevolución fílmica, toma elementos del cine de Godard, que fue, al menos durante algunos años, uno de los mayores militantes revolucionarios de la historia del cine desde Dziga Vertov.
Ah, ok, es una película de mierda.
“La Broma infinita” son ustedes.
La pelicula documento ficcion? de Pino Solanas no es solamente un llanto en camaras. Tampoco porque se utiliza, para bien o para mal. Lease manipulacion, perseverancia, ideologismo, etc. Quien posee la formula filmica justa, exacta, rigurosa para mostrar lo que muchos intelectuales creen que muchos saben?. De que manera?. En en el fondo quienes defenestran la ultima estacion, parecerian mas cerca del silencio , el no decir nada acerca de lo ocurrido y lo que ocurre. y continuar alabando cine que si bien es debatible, no propone una vision de nuestra historia y no le interesa por otra parte. La ultima estacion tien sus errores. Muchos. Como mostrarla?. Haganla. Despues debatimos. Saludos
Hablás de emociones primarias como si fueran primitivas… negativas. Si salis de tu Capital Federal Mental entenderías por que valorás como positivo todo aquello que se evade de las demostraciones directas del sentimiento.
Existe en este mundo, la posibilidad de ser mas inteligente sin ganar en cinismo, frigidez y desafección. Está a la vuelta de tu casa, seguramente…