Empédocles: Supuesto dios

por Marcel Schwob (de Vidas Imaginarias)

Dice, entre otras cosas, Alberto Hernando acerca de Marcel Schwob:
“La memoria y la vitalidad de los textos de Marcel Schwob (Chaville, 1867 – París, 1905) han resistido al olvido durante cien años. En su tiempo fue un escritor de culto y lo sigue siendo. El grueso de su producción literaria se concentró en seis años: Corazón doble (1891), El rey de la máscara de oro, Mimes (1893), El libro de Monelle (1894), Spicilège (1896), La cruzada de los niños, Vidas imaginarias (1897). La enfermedad que minaba paulatinamente su salud y su obsesión por finalizar sus trabajos sobre Villon, apenas le dejarán tiempo para más relatos. En El libro de Monelle podemos leer una frase de su protagonista que bien podría ser el emblema narrativo de Schwob: ‘toda construcción está hecha de restos y lo único nuevo en este mundo son las formas’. Murió a los 37 años.”
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Nadie sabe cuál fue su nacimiento, ni cómo vino a la tierra. Apareció junto a las riberas doradas del río Acragas, en la bella ciudad de Agrigento, poco tiempo después de que Jerjes ordenara azotar el mar con cadenas. La tradición cuenta sólo que su abuelo se llamaba Empédocles: nadie lo conoció. Indudablemente hay que entender de ello que era hijo de sí mismo, cual le conviene a un Dios. Pero sus discípulos aseguran que, antes de recorrer en plena gloria las campiñas sicilianas, ya había pasado cuatro existencias en nuestro mundo, y que había sido planta, pez, pájaro y muchacha. Llevaba un manto de púrpura sobre el que se desparramaban sus largos cabellos; alrededor de la cabeza traía una banda de oro, en los pies sandalias de bronce, y llevaba guirnaldas trenzadas de lana y de laureles.

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Por imposición de sus manos curaba a los enfermos y recitaba versos, al modo homérico, con acentos pomposos, subido en un carro y la cabeza alzada hacia el cielo. Un gran gentío le seguía y se prosternaba ante él para escuchar sus poemas. Bajo el cielo puro que ilumina los trigos, los hombres acudían de todas partes hacia Empédocles, con los brazos cargados de ofrendas. Los dejaba boquiabiertos al cantarles la bóveda divina, hecha de cristal, la masa de fuego que llamamos sol, y el amor, que contiene todo, semejante a una vasta esfera.

Todos los seres, decía, no son más que trozos desjuntados de esa esfera de amor donde se insinuó el odio. Y lo que llamamos amor es el deseo de unirnos y fundirnos y confundirnos, como éramos antaño, en el seno del dios globular que la discordia rompió. Invocaba el día en que la esfera divina había de hincharse, después de todas las transformaciones de las almas. Porque el mundo que conocemos es la obra del odio, y su disolución será la obra del amor. Así cantaba por los pueblos y los campos; y sus sandalias de bronce venidas desde Laconia tintineaban en sus pies, y delante de él sonaban címbalos. Sin embargo, de las fauces del Etna surgía una columna de humo negro que lanzaba su sombra sobre Sicilia.

Semejante a un rey del cielo, Empédocles iba envuelto en púrpura y ceñido de oro, mientras los pitagóricos se arrastraban en sus delgadas túnicas de lino, con zapatillas hechas de papiros. Se decía que sabía hacer desaparecer la legaña, disolver los tumores y sacar los dolores de los miembros; le suplicaban que hiciera cesar las lluvias y huracanes; conjuró las tempestades en un circo de colinas; en Selinonte expulsó la fiebre haciendo que dos ríos vertieran en el lecho de un tercero; y los habitantes de Selinonte lo adoraron y le elevaron un templo, y acuñaron medallas en las que su imagen estaba frente por frente de la imagen de Apolo.

Otros pretenden que fue adivino, instruido por los magos de Persia, que poseía la nigromancia y la ciencia de las hierbas que dan la locura. Un día en que cenaba en casa de Anquitos, un hombre furioso irrumpió en la sala con la espada en alto. Empédocles se levantó, tendió el brazo, y cantó los versos de Homero sobre el nepentes que proporciona la insensibilidad. Y al punto la fuerza del nepentes se apoderó del furibundo, que se quedó clavado, con la espada en el aire, sin acordarse de nada, como si hubiera bebido el dulce veneno mezclado en el vino espumoso de una cratera.

Los enfermos acudían a él fuera de las ciudades y él estaba rodeado por una muchedumbre de miserables. A su séquito se sumaron mujeres. Besaban los faldones de su precioso manto. Una se llamaba Panthea, hija de un noble de Agrigento. Debía ser consagrada a Ártemis, pero escapó lejos de la fría estatua de la diosa y dedicó su virginidad a Empédocles. No se vieron su signos de amor, porque Empédocles preservaba una insensibilidad divina. No profería palabras sino en el metro épico, y en dialecto de Jonia, aunque el pueblo y sus fieles sólo utilizasen el dorio. Todos sus gestos eran sagrados. Cuando se acercaba a los hombres era para bendecirlos o curarlos. La mayor parte del tiempo permanecía en silencio. Ninguno de los que lo seguían pudo sorprenderlo nunca durante el sueño. Nunca se le vio sino majestuoso.

Panthea iba vestida de fina lana y de oro. Sus cabellos estaban peinados según la rica moda de Agrigento, donde la vida fluía suavemente. Llevaba los senos sostenidos por un estrobo rojo, y era perfumada la suela de sus sandalias. Por lo demás, era hermosa y larga de cuerpo, y de color muy deseable. Era imposible asegurar que Empédocles la amase, pero se compadeció de ella. En efecto, el viento asiático engendró la peste en los campos sicilianos. Muchos hombres fueron tocados por los dedos negros del azote. Hasta los cadáveres de los animales alfombraban el borde de los prados y aquí y allá se veían ovejas sin pelo, muertas, con la boca abierta hacia el cielo y las costillas salientes. Y Panthea empezó a languidecer de esa enfermedad. Cayó a los pies de Empédocles y ya no respiraba. Los que la rodeaban levantaron sus miembros rígidos y los bañaron con vino y plantas aromáticas. Soltaron el estrobo rojo que sostenía sus jóvenes senos y la envolvieron en vendas. Y su boca entreabierta quedó sujeta por un lazo y sus ojos huecos ya no veían la luz.

Empédocles la miró, se quitó la banda de oro que le ceñía la frente, y se la impuso. Sobre sus senos colocó la guirnalda de laurel profético, cantó versos desconocidos sobre la migración de las almas, y por tres veces le ordenó levantarse y caminar. La muchedumbre estaba aterrorizada. A la tercera llamada, Panthea salió del reino de las sombras, y su cuerpo se animó y se irguió sobre sus pies, completamente envuelta en las vendas funerarias. Y el pueblo vio que Empédocles era evocador de muertos.

Pisianacte, padre de Panthea, quiso adorar al nuevo dios. Se dispusieron mesas bajo los árboles de su quinta, a fin de ofrecerle libaciones. A ambos lados de Empédocles, unos esclavos sostenían grandes antorchas. Los heraldos proclamaron, como en los misterios, el silencio solemne. De pronto, en la tercera vigilia, las antorchas se apagaron y la noche envolvió a los adoradores. Hubo una voz fuerte que llamó: “¡Empédocles!” Cuando la luz se hizo, Empédocles había desaparecido. Los hombres no volvieron a verlo.

Un esclavo espantado contó que había visto un rayo rojo que surcaba las tinieblas hacia las cumbres del Etna. Los fieles subieron las faldas estériles de la montaña a la luz sombría del alba. El cráter del volcán vomitaba un haz de llamas. Encontraron, en el brocal poroso de lava que circunda el ardiente abismo, una sandalia de bronce retorcida por el fuego.

5 Responses to “Empédocles: Supuesto dios”

  1. janfiloso dice:

    El lenguaje recargado de mítica te transporta. Recuerdo a Empédocles entre los presocráticos, pero no tenía esta versión tan mítica y poética.

  2. león dice:

    en verdad no me interesa Empedócles, creo que es bien al pedo, me gustaría en cambio saber su valiosa opinión, puede que ya la hayan dado (soy chilenófilo y poco dado a visitar sitios web argentinas), sobre “Un guión para Artkinto” de Fogwill. Pese a mi desconocimiento -insisto- de la realidad argentina, intuyo que hay aspectos que no cambian, como la cuestión discursiva en la política, o en otras palabras la realidad política pasa por las palabras y no por los hechos. En ese sentido la nouvelle de Fogwill, escrita a finales de los 70, habla sobre una realidad que no ocurrió: 1994 la Argentina en camino hacia el socialismo que llevará inevitablemente al comunismo. ¿Es ciencia ficción, política ficción o ficción de una política? Quiero saber. Ustedes lo conocen y detestan más.

  3. gabrielaa. dice:

    ah Schwob, qué maravilla

  4. AM dice:

    Probablemente la fuente primaria de Schwob sea Diogenes Laercio quien, a su vez, consultó a Hipoboto, Eratóstenes y Apolodoro, entre otros. Alguna vez Borges (¿cuánto le debe a Schwob?) me dijo que los presocráticos no quedaron bien parados en la historia debido a la mala fama que les hizo Aristóteles quien los despreciaba por ser pensadores no científicos. Del mismo modo en que los científicos del siglo XX abominaban de los pre-científicos del XIX o XVIII, Marivetz, Pott, Meyer entre una pléyade de autores por cierto a su vez muy consultados por Flaubert para la construcción de su inconclusa Bouvard et Pecuchet.

  5. Guiasterion dice:

    Queridos amigos:

    Gabriela tiene razón. Schwob es una maravilla. Borges se preguntaba por qué nadie reveló que Historia Universal de la Infamia es una copia rebajada de Vidas imaginarias.

    Por otro lado, los textos de este gran estilista corroboran la importancia de una buena traducción. La de Ricardo Baeza quizás sea insuperable (cada tanto la veo en librerìas de viejo a un precio ridículo). En 2006 leí otra versión que anotaba “pobre actor” donde Baeza había traducido “mísero farandulero”. O elegía el espantoso vocablo “acortamiento”, en lugar de “parvedad”.

    Célebro que C.A. haya rescatado este texto magnífico que nos sustrae un rato de la aridez de la política.

    Saludos

    G.B.

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