Sobre Adventureland, de Greg Mottola
por Quintín
Hace unos días vi Adventureland, una comedia americana de Greg Mottola, que tras bajar estrepitosamente de cartel nos sirve hoy para volver al Bafici permanente ya que se exhibió en el festival sin que nos diéramos cuenta de ello (nos dimos cuenta de poco, en realidad, lo que confirma la necesidad de este proyecto). Lástima que Flavia no me acompañó en la incursión al Village Recoleta (23 pesos la entrada, vacío un viernes al mediodía antes de la gripe) pero ya estaremos juntos otra vez en la próxima entrega de esta serie.
No logré leer todas las reseñas sobre Adventureland, pero sé que fueron muy favorables. Hubo quienes se identificaron con la película por su excelente reconstrucción de la cultura juvenil de los años ochenta o simplemente porque revivieron la experiencia de su juventud aunque hubiera transcurrido en otra época y en otras latitudes. En mi caso, los ochenta pasaron sin que me enterara de que tuvieron una cultura propia (en particular, la música que suelo escuchar se detiene en los setenta) y no creo haber atravesado una circunstancia parecida a la de los protagonistas, un grupo de chicas y muchachos de veinte años que trabajan durante el verano en el parque de diversiones de Pittsburgh, un lugar berreta y pasado de moda en el que se divierten, se enamoran y practican para la vida adulta.
El espacio del parque de atracciones es una idea muy interesante. De hecho, aparece en una de las películas fundamentales de la década: The World (2004) de Jia Zhanke. Es curioso, incluso, que ambas lleven por título el nombre del parque en cuestión y que, en ambos casos, ese título funcione como una metáfora inspirada e irónica de la película. El Mundo de Zhanke se aloja en un enorme predio en el que se reproducen a escala los monumentos más famosos del planeta, pero esa idea ridícula no evita que el lugar sea claustrofóbico, trágico y definitivo, una tumba en la que el sistema ha atrapado a los empleados que protagonizan la película. La Tierra de la Aventura de Mottola es, en cambio, un lugar de paso y el ridículo asoma en el nombre, ya que se trata de un lugar arcaico, predecible, poblado de entretenimientos tramposos y muy poco excitantes. Como The World, Adventureland es un engaño en más de un sentido, pero si uno se parece demasiado al mundo, el otro tampoco deja de hacer honor a su nombre porque allí aguardan las aventuras de la amistad y del amor.
The World da cuenta del horror de un sistema político, de la falta de futuro de los chinos atrapados entre la explotación capitalista y la represión comunista, pero también de las imposibles ilusiones de libertad y de progreso de sus criaturas que imaginan cuentos de hadas animados en los teléfonos celulares. Adventureland, en cambio, es una comedia: si en el parque los salarios son bajos y las condiciones de trabajo indignas, se trata de un empleo transitorio, veraniego, de una estación de aprendizaje intermedia entre la vida en familia y el mundo real. Al revés de Zhanke, que mira a sus personajes con una mezcla de lástima y desesperación (aunque a medida que se convierte en un cineasta oficial va atenuando la furia de sus comienzos), Mottola comparte el horizonte vital con ellos, los alienta y los disfruta. Lo ilusorio aquí no son las esperanzas de los personajes en un sistema sin salida, sino el sistema mismo, es decir el cine esencialmente americano de Mottola, un sistema estético que ha logrado recubrir el mundo por su versión made in Hollywood. Si la película de Zhanke habla de lo que ocurre en la China del presente, Adventureland no solo transcurre en el pasado sino más bien en ninguna parte, o mejor dicho en el amplio universo de las convenciones cinematográficas americanas, que le propone al espectador entrar en un territorio de emociones perfectas, nítidas y codificadas que cada cineasta de talento recombina a su modo sin agotarlas.
En Adventureland la pareja protagónica, aquella que el género de la comedia romántica establece que deberá unirse al final, está integrada por James y Em. James es virgen a los veintidós años, pero la película (ese es uno de sus rasgos más originales) no toma la cuestión como una excusa para el chiste grueso sino apenas como una curiosidad estadística, incluso como una reivindicación. Es cierto que James es demasiado traga y un poco tímido, pero la razón por la que mantiene su virginidad es más profunda: aunque no se dé cuenta, ha demorado simbólicamente el ingreso a la madurez porque aspira a un intercambio sexual que no esté contaminado por los rasgos asfixiantes de la vida provinciana. En ese sentido, Em es la única mujer que le garantiza otra calidad en la relación. No se trata solo de que sea más linda, más madura, más inteligente y más generosa que las otras, sino de que es la única chica de su barrio que tiene pensado mudarse a Nueva York para estudiar. Y esa es una de las claves de la película.
De hecho, Em y James solo consumarán su relación cuando lleguen a Nueva York en el epílogo de la película. Pero eso cierra perfectamente con el resto, porque Adventureland sugiere todo el tiempo que el escenario de un amor entre gente sensible, educada y que ama los libros no puede ser Pittsburgh, no puede ser ese parque, no puede estar acotado por la dependencia familiar, sino que debe ser necesariamente un territorio libre y anónimo donde se pierda la identidad de origen para asumir el perfil duro, sofisticado, activo y cosmopolita de la gran ciudad. Nueva York no cree en lágrimas ni tampoco en los conflictos adolescentes de los campesinos. El lugar donde se puede realizar un amor como el de James y Em, un amor que apunta al futuro (el amor de todas las grandes comedias americanas), es el mismo en el que tanto los banqueros de Wall Street como los autores de teatro y los guionistas de televisión pueden realizarse plenamente: aquel en el que el capitalismo ha asumido su perfil más agudo, abstracto y globalizado; no un sitio donde el trabajo manual sigue teniendo algún valor o interés como ocurre en el parque. A Mottola no le interesa en lo más mínimo el destino de los otros, de esos personajes que podrían habitar perfectamente Texasville.
El conflicto que obstaculiza la relación entre James y Em es que ella tiene un affaire secreto con Mike, un hombre casado y apenas mayor que el resto de sus compañeros, ídolo de los varones y galán de las chicas. A diferencia del resto, Mike no se ocupa de atender al público sino del mantenimiento de las máquinas y es quien goza de un lugar de privilegio porque sus capacidades laborales son irreemplazables. Allí, en medio de un capitalismo atrasado en el que ser mecánico es un signo de distinción, Mike tiene un lugar en la jerarquía social que sería impensable en Nueva York. Nuevamente, la idea del parque resulta extraordinaria como lugar intermedio, de paso y aprendizaje entre el hogar y el mundo del trabajo adulto, pero también como testimonio de un sistema en el que rigen valores opuestos a los que le permitirán a Em y James ser alguien en la vida.
Pero el sistema social del parque provinciano tiene otras características. Allí, por ejemplo, las mujeres no tienen un estatuto plenamente humano. Es muy curioso que Em sea la única mujer agradable. Sus amigas son pacatas, prejuiciosas, chismosas, sus madres autoritarias, necias y codiciosas. El concepto termina de redondearse en la figura de Liza P, por cuyo trasero los hombres pierden la cabeza, pero que mirada de cerca resulta una virgen católica, vulgar y remilgada, a la que vemos haciendo globos con el chicle en los momentos menos oportunos. La misoginia de la película es curiosa. Los hombres, aun con sus defectos y limitaciones, tienen siempre un costado simpático, salvo algunos palurdos que visitan el parque y que no califican en la escala humana. Mientras la madrastra de Em es un monstruo con peluca y las empleadas son seres primitivos, el alcohólico padre de James es infinitamente preferible a su esposa mandona. El mismo Mike no es un mal tipo y hasta Frigo, el amigo psicótico y agresivo, termina resultando querible. Cuando Em se va del parque y se despide de la pareja de piratas inescrupulosos que lo regentea, solo lo saluda a él, que se las ha arreglado también para caer simpático. La mujer, eternamente sumisa, queda en un segundo plano sin que merezca siquiera un gesto de adiós.
En el personaje excepcional de Em se aprecia una constante del cine americano clásico: mientras que los hombres están en la compañía que les corresponde, las mujeres deben aprobar un examen para ser aceptadas. En Adventureland es Joel, el extra-nerd que lee a los escritores rusos, el encargado de bendecir a Em, de la que está perdidamente enamorado. Joel es el equivalente del personaje de Walter Brennan en Tener y no tener de Hawks, el encargado de avisarle a Bogart que la mina viene bien. Ese núcleo masculino en el que las mujeres son aceptadas muy rara vez como iguales no implica necesariamente una valoración negativa del género. Porque son las mujeres las que deben elegir entre ser las portavoces del sistema o las artífices del cambio. Hay un personaje oculto en Adventureland, que es la amada madre de Em, muerta prematuramente y reemplazada por una bruja, cuya pérdida está en el origen de la crisis emocional de la chica. Pero esa mujer ausente es para Em la guía de una conducta distinta en todo sentido a la de sus congéneres, más valiente y más plena, y el núcleo de las emociones más legítimas de la película.
Avdentureland, símbolo de la adolescencia, lo es también de un mundo en estado transitorio que el cine americano ha hecho permanente. Porque Nueva York, el mundo de los adultos, es el sueño en el que los personajes y la película no pueden funcionar más que como horizonte imaginario, mientras que Pittsburgh —y sobre todo el parque— son como El Dorado, el territorio aislado, autosuficiente de las emociones verdaderas. Es por eso que hay tantas películas de escuela secundaria, a las que Adventureland les da una vuelta de tuerca interesante llevando las cosas a un plano más sofisticado y más complejo.
En esos mundos semicerrados, el cine americano ha construido parte de su grandeza porque, como lo hace Mottola en este caso, le permiten evocar continuamente la libertad. Esa es la verdadera razón por la que Adventureland es tan placentera, tan aireada a pesar de algunas vueltas de guión convencionales: la vida en el parque pone de manifiesto (como lo prueba la escena un poco boba en la que todos miran los fuegos artificiales) ese deseo de libertad y felicidad, al servicio del cual está su funcionamiento. Después de todo, ese ha sido siempre el sentido del gran cine y el mérito de Mottola es encontrar un espacio y una estructura más o menos artificial de relaciones sociales apropiadas para ese designio, como lo es (de un modo igualmente paradójico) un contingente de prisioneros en La gran ilusión de Renoir. El gran logro histórico del cine americano ha sido facilitarle a los directores la posibilidad de que construyan sus mundos, pero también crear la tradición de que los códigos se pongan a disposición de aventuras más sutiles de lo que aparentan.
En cambio Zhanke, como le ocurre a la mayoría de los cineastas del mundo en la actualidad, tiende a quedar atrapado por la metáfora del encierro y la falta de perspectivas de las circunstancias sociales de su país, obligado a reflejar en definitiva la pesadilla existencial del hombre frente a una sociedad siniestra. Los americanos no han construido una sociedad justa, pero tienen el mérito de haber inventado el cine que alude a su ausencia sin que nos demos cuenta.
Foto: Flavia de la Fuente

Me gusta, Q. Puede ser que tenga algo de Prividera? ; )
Excelente nota.
Muy buena la nota, Q.
Qué calentura, no pude verla cuando se estrenó, y luego retiraron muchas copias. Ahora sólo está en Córdoba y Rosario, creo.
Una nota excesiva que abre muchos caminos y da para una segunda parte o para un debate al que no me siento muy capacitado.
Por qué siempre el punto de vista es el del virgen y no digamos del que esta viviendo la aventura con la mina esa?
Q : es muy bueno leerte una vez más , pero sobre todo a favor de una película yanqui de un director poco prestigioso (no vi ésta , pero recomiendo la anterior , Supercool ), en detrimento de un gran director de una cinematografía menos conocida. Viene a cuento porque en tu post anterior alguien comentaba ofuscado que vos hablabas mal de Greenaway y no de tal o cual director de Hollywood, lo que sonaba a una chicana poítica.
Excelente nota. Adventureland me encanta pero Supercool me gusta más todavía.
En sus incursiones politico-sociales, Q siempre me deja perplejo y semi-ofuscado, pero… ¡cuando vueve al cine sigue siendo magia pura!…impresionante crónica, exhaustiva y motivadora…¡que ganas de ver ‘The World’ y Adventureland’ que me dieron! ¿están en dvd?…
Volvió el Quintín que le gusta la narración !! ( para vos Kelly Reichardt , toma!).
Gran critica Q , felicitaciones.
Marx va al multiplex. Muy buena nota. La película empieza con una canción genial de los Replacements que se llama “Bastards of young”. Te lo digo por si te sirve para abonar la teoría.
Se consiguen en las buenas mulas del ramo.
The World es desoladora. Prepará los pañuelos.
Hay una serie Undeclared (Primer año) dirigida también por Mottola, que tiene mucho tanto de Adventureland como de Superbad (Supercool), ese lugar transitorio (en Undeclared, un albergue estudiantil) al que alude Quintín en su nota. Es una gran serie, y una recomendación para disfrutar mejor tanto de una como de otro película.
Muy buen post, Q.
Impecable, Q.
(esperabamos … esperamos, tu crónica de la final de la Libertadores)
Volvió el Q que todos queremos!!!
Bobby: se consigue en la red Undeclared? estoy rastreándola pero sin éxito hasta el momento.
http://www.cientoseis.es/index.php?topic=5031.0
acá se puede bajar creo…
POsta che, Undeclared era genial, la daban por FOX, me acuerdo patente del inglés canchero y del flaquito y del gordo Ron. Siempre pense que era el unico que pensaba que era lo mas. Grosso Bobby
Undeclared es maravillosa. Freaks and Geeks lo es aún más. Todo el mundo debe ver esas dos series. Y Q, mirá Supercool.
Muy bueno Q, pero… es a favor o en contra?
(Lo pregunto porque vos crees que la crítica debe ser categórica -cosa que comparto, a menos que sea una Gran Película, de esas que obligan a poner en duda todo, incluidas las categorías y los jucios categóricos… pero evidentemente no es el caso de esta película-). Yo entendí que era mas bien en contra (en relación a la tradición del cine nortemericano), pero viendo que le gustó a los muchachos de “El amante”, me queda la duda…
Es a favor. Claramente.
Q
Bueno, convengamos en que, por ejemplo, el siguiente párrafo no parece tan a favor (por suerte…):
“Lo ilusorio aquí no son las esperanzas de los personajes en un sistema sin salida, sino el sistema mismo, es decir el cine esencialmente americano de Mottola, un sistema estético que ha logrado recubrir el mundo por su versión made in Hollywood.”
el Q que le gusta a la gente!
Qué tanto. O acaso Tiburón de Steven Spielberg no es una de las películas más anticapitalistas de la historia. El sistema siempre desarrolla sus contradicciones internas como críticas y como alabanzas. Es la forma que tiene el sistema de renovarse periodicamente, como un virus que va mutando.
Q: la nota es, como todos dicen, excelente. Pero también fue excelente la que escribiste hace unos meses sobre Kluge. Lo que me sorprende es por qué ésta la leyó todo el mundo mientras que la otra prácticamente no fue interpelada. Saludos. RK
Tío Koza. No sé si las notas fueron buenas o no, pero no creo que mucha gente haya visto a Kluge ni que lo vaya a ver. Es un cine fascinante, pero mucho más arduo que Adventureland, algo que uno se puede imaginar sin necesidad de ver la película. Yo no sabría como describir lo que hace Kluge, un cine apoyado en una gan fundamentación teórica, que trabaja deliberadamente con la dispersión de la atención del espectador. Incluso, Kluge es más accesible como escritor que como cineasta. Yo tuve suerte porque me agarré esa infección en el verano y tenía todo el tiempo del mundo, la colección de DVD que me habías mandado con toda la obra de Kluge (que no llegué a ver entera) y el libro, que lo había comprado por casualidad. Pero estuve una semana internado con el tema. Con una película sola de Kluge es mucho más difícil tomarle la mano. No creo que haya ningún misterio en esto.
Q
El cine estadounidense manda, el otro no se ve. Seguramente hay más gente necesitada de ver lo último de Mottola (que me cae bien), Anderson o Payne (me resultan irrelevantes) que lo último de Jia (interesante, pero no un gran realizador) o Kluge (un talentoso en serio que no es tan difícil). Es nada más que eso.
Tenés razón, aunque ciertos pasajes de tu texto eran autónomos, más allá del cine de Kluge. Las notas, Q, son excelentes. RK
Addison, vos también tenés razón.
Che, ¿puede ser que hace poco tiempo atrás hayan hecho una remake o versión de ‘Ferdinad el duro’?, no se de donde saqué esto, pero estoy seguro de que lo leí en algun lado…
Volvió Q! Creo que es la mejor nota que leí sobre Adventureland -y Supercool no me gustó tanto-. “Adventureland” y “Let the right one in” -creo que mucho mas la segunda- me reconciliaron con la experiencia del circuito del cine masivo, donde hace mucho (mucho) no hay nada interesante que ver. “Let the right one in” me conmovió especialmente (hace cuanto no quería ver la misma peli 2 veces!). Saludos a todos
Che que buen sitio ese cientoseis. Desde Arroz Amargo hasta el real Ed Wood, eso sí es un abarcar eh? Gracias.
Realmente, no sólo es una gran nota sino que es el tipo de crítica que me gusta. Una crítica que hace de la película una interpretación constructiva, que ayuda a apreciarla mejor, sin importarle si es americana, china, de un gran director o de un desconocido. Incluso, sin importarle si es buena o mala. Es el tipo de crítica que ilumina el objeto que evalua, que lo ve desde su mejor perspectiva. Me parece que son pocos los críticos que pueden evadir las categorías más o menos estables de la crítica, en este caso cinematográfica, y valorar una obra por lo que es en sí misma. En este sentido, me acuerdo, entre otras, de la crítica de Roger Koza a “El hijo” de los Dardenne cuando escribía en un suplemento del Comercio y Justicia y la de Eduardo Rojas a “La mala educación” en El amante. Agradecerte me parece un imperativo.
Como dice un amigo skiador: que buen decenso Quintin, sin asomo de caída